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Conmemorar a los desaparecidos

Artículo publicado en El País, el día 5 de julio de 2022.

La etimología de la palabra conmemorar es evocativa. Implica un llamado a poner a algo o a alguien en la mente. Habrá quien lo haga para celebrar o quien lo haga para recordar. Que se haga sobre personas propias y cercanas, o distantes pero significativas. Distintas sociedades e individuos han tenido y tienen razones diferenciadas para darle presencia a quienes ya no están con ellos. En grandes episodios humanos, la conmemoración adquiere sentido colectivo. Los monumentos, panteones o plazas dedicados a las guerras, sus muertos y sus destrucciones, forman parte de la cotidianeidad de ciudades y pueblos. También las estatuas, bustos o calles nombradas por un héroe singular, tenido como libertador o héroe militar o civil. Los monumentos levantados o los reconocimientos materiales establecidos son símbolos de lo ya hecho, pero, sobre todo, intentos para preservar en las memorias individuales o colectivas el valor de lo aportado o la significación de lo vivido.

Una de las más importantes vías de la Ciudad de México quiere conmemorar la gesta civil de la Reforma. De ese momento crucial de la formación de la mexicanidad. De un tiempo en el que los poderes tenidos como legítimos lograron la separación entre el Estado y la iglesia, definieron un modelo de gobierno estable y reafirmaron al federalismo como forma de organización territorial. En el paseo que lleva su nombre están asentados, a su vez, algunos de los monumentos que conmemoran otros aspectos de nuestro pasado. Avanzar despacio por el Paseo de la Reforma para mirar sus monumentos y edificios antiguos permite identificar muchos de los componentes materiales que, simultáneamente, le dan sustento y expresan una parte de la mitología nacional. De todos esos símbolos con los que se conforma la narrativa del proceso histórico que los mexicanos hemos tenido que vivir para estar donde hoy estamos. Pero hay más.

Caminar por el Paseo de la Reforma es, también, un abierto señalamiento de lo que aspiramos a ser. Algunos de los símbolos de la modernidad que actualmente pretendemos alcanzar, están ahí bien representados. Arquitecturas disruptivas, instituciones poderosas, embajadas imprescindibles o comercios globales, se asientan ahí no solo para darnos cuenta de lo que en parte ya somos, sino de la posibilidad de desbordar los márgenes de una vía acotada hacia el resto del territorio nacional.

De la longitud del Paseo de la Reforma, tomo un tramo. El que va de la Columna de la Independencia y nos recuerda nuestra gesta histórica fundacional, al monumento dedicado a Cuauhtémoc y nos habla de la heroicidad de nuestros últimos guerreros autóctonos. Ambas construcciones le dan sentido a un instante particular de la vida nacional por el momento en que fueron inaugurados. El porfirismo se apropió de ellos para presentarse a sí mismo como un componente esencial, prácticamente necesario, de la historia nacional. El tiempo histórico cambió y ambos monumentos siguieron ahí. Su significación fue recompuesta. Dejaron de hablarnos de Díaz y comenzaron a hacerlo del priismo. La apropiación fue fácil, pues este movimiento se concibió a sí mismo como una suerte de dialéctica cuya última fase, la Revolución, superaba las contradicciones del porfiriato. El México prehispánico y el independiente eran ya etapas del proceso que el nuevo régimen estaba imponiendo básicamente como necesidad histórica.

Prácticamente en el medio de esos dos monumentos había un símbolo de muy distinta naturaleza. Una palma larga y estilizada. Un elemento natural que contrastaba con los granitos y mármoles de las marcas vecinas. La palma murió hace unos pocos meses y ello dio vida a una pregunta: ¿qué hacer con o en una de las glorietas icónicas de la capital del país? La primera solución gubernamental fue darle continuidad a la narrativa anti-conquista que meses antes había comenzado a construirse. Si la noche victoriosa de los indígenas mexicanos frente a sus conquistadores se había sintetizado bajo las penumbras de un ahuehuete, este árbol magnífico debía sustituir por derecho propio a la extinta palma.

La idea no parecía inadecuada. El nuevo componente botánico sería una muestra más del rechazo a la colonización, tal como había sucedido meses atrás con el retiro de la estatua de Cristóbal Colón en la misma vía. Un ahuehuete y una mujer indígena podrían ser la base física de la narrativa nacional que la llamada “cuarta transformación” estaba tratando de imponer. Una manera de ajustar la vieja dialéctica nacional independencia-reforma-revolución con una fase previa de negación de lo extranjero en aras de lo auténticamente nacional. En la lógica gubernamental, parecía razonable que las autoridades determinaran el destino de un espacio público visible y transitado por la confluencia del México por recuperar y del México por construir, a fin de simbolizarlo con el árbol de la noche en la que los extranjeros fueron vencidos.

Dado el carácter público del espacio, desde la sociedad surgió una alternativa para su ocupación y caracterización. El vacío que dejaba la palma centenaria debía llenarse con las ausencias de las personas desaparecidas. Con los rostros de quienes no aparecen por la acción del Estado o de las delincuencias. Con las fotografías u otros elementos de memoria de quienes no están. La vieja glorieta de la palma debía transformarse en un sitio de y para la conmemoración. Un lugar físico que imponga la necesidad de hacer presentes, de imponer en la mente, a quienes están desaparecidos.

Las dos opciones han dado lugar a una disputa. Desde luego por el espacio, pero, sobre todo, por su significado. Para el gobierno, una demostración del ejercicio del poder. La posibilidad de mandar sobre lo público para escenificar sobre él la marcha del movimiento político del que forma parte. El ahuehuete como reivindicación de una lucha milenaria en la que por fin hay victorias. Para los familiares de los desaparecidos, un espacio de recuerdo, de esperanza, de unión entre muchos fragmentos humanos dispersos en las propias tragedias.

Además de lo simbólico, hay cálculo político. ¿Qué harían los gobiernos federal y de la Ciudad con un visible espacio de intersección de muchos valores y símbolos significados por las ausencias de, por los menos, cien mil personas? ¿Qué cuentas podrían darse sobre el negro pasado que ahora sí va a superarse cuando hay ausencias que ridiculizan las intenciones y las novedades? ¿Cómo se enfrentarían a un futuro en el que los desaparecidos reclaman en tiempo presente? ¿Cómo se administraría un lugar en el que confluyeran ya miles de personas en tanto esposas o hijos que no terminan por saber si son viudas o huérfanos? ¿Madres o hermanos provenientes de todo el país que pueden reunirse y hablar con otros, hasta entonces desconocidos, en un lenguaje común de esperanza o resignación?

La sobra del propuesto ahuehuete no alcanza a cubrir todos los dramas y desgracias de que está llena gran parte de la presente vida nacional. La evocación a una noche victoriosa se desdibuja frente a la tragedia de hoy. La única manera en la que ese árbol podría tener sentido en un espacio que reclaman para sí los desaparecidos y sus familiares, es recordándonos que una vez simbolizó una noche que también fue triste. Pero ahora no para conocer el sentimiento de Cortés, sino el de miles de mexicanos que no saben nada de familiares y amigos. El ahuehuete debe sembrase por el gobierno de la Ciudad, para que familias y amigos lo acojan con las fotografías y recuerdos de sus desaparecidos. El árbol que en otros tiempos nos habló de una noche triste, debe conmemorar, traer a nuestra mente, y dejar huella de los tristes días que hoy vivimos.

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